Testimonio de parto – Francisca

Presentía que el momento llegaría, pero una parte de mí, que hablaba desde la incertidumbre, no podía creer que todo ya había empezado.

¿Era real lo que estaba sintiendo? ¿Habrá, por fin, comenzado? Lo pensaba por un momento y mis ojos se llenaban de lágrimas de emoción.

Quise acostarme, pero las contracciones empezaron a hacerse un poco más intensas, más que las de la noche anterior. Entonces me puse a armar mi nido. Sabía todo lo que necesitaba tener.

Me senté frente a mi pizarra de afirmaciones y frente a un collage que meses atrás había hecho donde plasmaba todo lo que quería para ese día. Puse la música que cuidadosamente seleccioné y comencé a dejarme llevar de a poco, aún no creyendo que esto estaba pasando.

Las contracciones eran evidentemente más intensas y empezaban a hacerse más frecuentes…esto es, me dije.

Fui a buscar a Yeye…quería que me acompañara. A veces me pasaba que al imaginarme estando en el trabajo de parto, pensaba que iba a querer vivirlo sola, pero en ese momento me di cuenta de lo equivocada que estaba. Quería que estuviera ahí conmigo; lo necesitaba conmigo.

Se levantó y nos fuimos a sentar al lugar que yo había preparado. Él me iba ayudando en las contracciones y también anotando qué tan frecuentes eran para llevar un registro y saber en qué momento comunicarnos con las matronas. Ellas ya estaban al tanto de todo y me sugirieron que dejara el celular de lado. Eso hice.

Caminé por toda la casa, respiré fuerte, me acosté en el sillón, me senté en la pelota.. Fui buscando diferentes formas para sentirme cómoda, y en mi mente fui buscando los espacios que me permitieran soltarme y fluir, no resistirme. “Yo puedo”, “Quiero vivir esto”, “Cada contracción me acerca un poco más a ti, José Pedro”, repetía mentalmente.

Yeye se comunicó con las matronas y les avisó que ya era un buen momento para que fueran. Recuerdo que esa espera se me hizo larga. Quería que estuvieran ahí y me acompañaran. De alguna forma sentía que si estaban ellas, todo iba a agilizarse.

Me metí a la tina con ayuda. Todos mis movimientos eran pausados. Me acomodé dentro del agua caliente. Qué bien se sentía. Yeye me iba mojando la espalda. Sabía perfecto qué hacer, sin que yo se lo pidiera. Actuaba como un guardián que cuidaba este momento tan importante. Un roble que me protegía.

La Nico y la Anita también estaban ahí, con su actitud serena y sutil, cuidando la vivencia para que fuera nuestra. Nos dieron nuestro espacio en todo momento, tal como lo necesitábamos.

Continué dejándome fluir. Sentía que encarnaba a una loba al vocalizar la A al ritmo de las contracciones. Y esa loba aullaba para llamar a todo su linaje femenino de ancestras poderosas que respondían dándole fuerza, protección y contención. Nada malo podía pasar. Esa idea jamás cruzó mi mente. Confiaba en mi cuerpo y su sabiduría en totalidad. Yo sólo tenía que vivir y entregarme.

Luego de un par de horas, quería saber si estaba avanzando. Me volvieron a examinar y me dijeron que yo misma chequeara. “Está ahí. ¿Sientes la bolsa?“. Solté una risa acompañada de lágrimas. Si esto se desencadenaba en etapas, entonces ya estaba en la última. Ahora sólo quedaba esperar a que surgieran las ganas naturales de pujar. No iba a forzar nada.

Pasó un rato y así fue. Ya era el momento, estaba segura. Me acomodé en cuclillas dentro de la tina. Empecé a alinearme a la necesidad de hacer fuerza. Me entregué por completo. Pujé y levanté la cabeza, desplegando un grito que me hizo sentir como una mujer salvaje, como si perteneciera a una tribu de antaño. Estaba vivenciando todo lo que necesitaba. Grité con fuerza y con placer al notar que estabas cruzando el canal. Era tu paso hacia este nuevo mundo que con tantas ansias te esperaba. Fue un viaje. Te fui a buscar José Pedro, mi niño amado. Escribo y me es inevitable llorar, al recordar esa sensación tan mágica de sentirte llegar como los dos queríamos. Apareciste en el agua dentro de tu bolsa que estaba intacta. La rompimos con cuidado y te tomé en mis brazos. Era lo que más quería hacer. Lloraste hasta que escuchaste mi voz. Entonces los dos sentimos una calma que nunca habíamos sentido. Habías nacido y yo renacido.